google-site-verification: googlefe14f0db9668440d.html Literatura: Los Hilonegro (relato albaycinero) | Willi Gómez

Literatura: Los Hilonegro (relato albaycinero)

Este cuento fue escrito en Granada en enero de 2006 y reconocido con un accesit en el II Concurso de Relato Breve Cuatro Estaciones de Granada:

Albaycín, albayzín, albaizín, albaycín, calle Gloria, Granada, Andalucia

                                                                               LOS HILONEGRO

 

Muchas discusiones generó el apelativo flamenco del gitano albaycinero José el del Cierre, también conocido como José el Hilonegro. Muchos son los que sostienen que vieron nacer el sobrenombre  “el del cierre” en alguna de aquellas maravillosas fiestas en las que los primeros en desaparecer siempre fueron los abstemios y los relojes. Afirman que el mote le viene de aquellos deliciosos cierres por bulerías y tangos que José hacía con su guitarra. Sus cierres daban vértigo. Abrían en el compás un precipicio afiladísimo por el que se colaban las melancolías amargas que dejaban bajo la piel los buenos cantaores. Pero también son muchos los que replican que los cierres de José no son ni mejores ni peores que los de otros tocaores y que el nombre le viene de que en todas las fiestas José “siempre se queda hasta el cierre”. Su otro mote es menos polémico y más obvio. Ya de niño lo llamaban Pepito el Hilonegro porque tenía unas largas melenas negras que, vistas así de soslayo, daban la impresión de estar compuestas por hilos. Y en algunos momentos de su adolescencia el nombre se lo acortaron en Pepito Hilo por el parecido fonético con Pepito Grillo. Curiosamente el pseudónimo “hilonegro” fue tiempo después el que también acompaño al nombre de su mujer. María la Hilonegro o María la Hilona posee igualmente una cabellera negra azabache por la que hubieran podido subir ejércitos enteros de príncipes valientes a rescatar a su princesa encerrada. Muchos incluso cuentan que cuando a José se le rompe alguna cuerda de la guitarra enrolla unos cuantos pelos suyos y fabrica una cuerda con ellos, que, eso sí, se desafina con facilidad. Y María, que tampoco se queda corta, remienda los calcetines y ajusta los botones con sus propios pelos o con los de su marido.

 

Al comienzo de esta historia, José, aunque de apariencia recia, era guasón y noble al mismo tiempo. Vivía en un pequeño carmen cercano a la cuesta del Chapíz con su mujer, María, que no le había dado hijos (él tampoco se los había “dado” a ella) no sabemos por qué motivo. María siempre ha sido una gitana guapa de esas que quitan el hipo, el sueño y las ganas de llorar a todo el que la mira. De mucho carácter, le gustaba acusar a su marido de vicioso y pendenciero pero se ablandaba cuando José la miraba muy fijo y muy serio para hacerle siempre la misma broma: “Mira, mujer, hay cosas que todos los gitanos tenemos que respetar. La vagueza y el cachondeo son la madre de todos los vicios, y como madres que son, hay que respetarlas”. Justo en el instante en el que acababa de decir la frase, José cambiaba su gesto serio por una carcajada al tiempo que obsequiaba a su mujer con achuchones y arrumacos. María trataba, bien es cierto que no con mucho ímpetu, de apartarlo a cachetazos y mantenía morritos como de enfadada, si bien los dos sabían que la disputa anterior ya se había acabado. María ponía morritos en señal de desagravio muy a menudo, pero cuando realmente estaba enfadada u ofendida era cuando se le hinchaban los agujeros de la nariz. Y los mimicos que su marido le hacía entre bromas eran la mejor medicina contra esa hinchazón de narices.

Se querían mucho los Hilonegro y como prueba de ello quiero contar algunas de sus vivencias. Para que nadie acuse de guarros o antihigiénicos a José el del Cierre y a María la Hilona, quiero recordar que no hace mucho tiempo la ducha diaria era considerada un lujo e incluso una excentricidad y, además, si todos los chinos se sumaran a la doctrina occidental de la ducha diaria, el agua se acabaría mañana por la tarde. Pues bien, los Hilonegro se lavaban ocasionalmente cuando el mal olor o la situación lo requería, aunque tenían un día de la semana especialmente reservado para la higiene personal. Éste solía ser el domingo. A veces María no tenía más remedio que esperar al lunes en aquellas ocasiones en que la fiesta flamenca del sábado por la noche le duraba a José hasta altas horas de la noche del día siguiente. Pero, por lo general, los domingos por la tarde acostumbraban a bañarse los dos: Primero él. María se lo exigía puesto que ella se negaba a bañarse en primer lugar, sobretodo en las épocas de mucho frío. El vaporcillo cálido que desprendía el agua caliente del baño hacía que la habitación se caldease y María odiaba desnudarse si tenía frío. José se enjabonaba y se frotaba el cuerpo y cuando le tocaba el turno a su cabellera, llamaba a María para que fuese ella la encargada. María le lavaba el pelo con mimo y empeño, frotando fuerte en las puntas y acariciando suave el cuero cabelludo. José cerraba los ojos sintiéndose cada vez más limpio, relajado y aliviado del leve dolor de cabeza que le ocasionaba la resaca. “Venga pá fuera, que ya me toca a mí” le decía María mientras le terminaba de aclarar los últimos rastros de jabón que en el pelo le quedaban. José se sentaba en el retrete y se secaba el cuerpo despacio mientras se fumaba algún cigarro, si tenía. Miraba a María, bella y parsimoniosa en el ritual del baño, completamente relajada, cuidadosa y delicada con su propio cuerpo. José le contaba batallitas, o le hacía bromas picaronas del tipo de “Ahora te froto la cabeza, sí, pero luego también quiero sacar brillo por otras zonas”, o en ocasiones también ambos dejaban salir por sus bocas temas tristes, como el de no haber podido tener hijos (no sabían si por enfermedad de él o de ella pero tampoco querían saberlo) o a veces ella estaba tan contenta que cantaba mientras él le marcaba un poquito el compás. Ahora era él el que, concentrado, utilizaba sus habilidosos dedos en la cabecita y la melena de ella.

Acabado el momento íntimo de la higiene de ambos, tocaba el momento más complicado: el desenredo y peinado del cabello. Acuérdense de que hablamos de los Hilonegro. Los primeros días de casados habían aprendido a peinarse el uno al otro fuera del hogar, pues si no lo hacían así, toda la casa se llenaba de pelos mojados que parecían cuerdas negras y luego resultaba muy pesado limpiar. Así, se cubrían bien con batas, mantas o albornoces y salían al balconcillo del cuarto que daba a una plazoleta con dos limoneros. Allí se peinaban con cuidado y amor el uno al otro; aunque también con maña y oficio, pues no dejaban enredo alguno en aquellas enmarañadas cascadas negras que tenían por cabezas. Rompían varios cepillos al mes y por ello siempre tenían algunos más de repuesto. Primero, ella le peinaba a él, al que con el cepillo le solía caer mucho pelo. El viento se lo llevaba y lo enganchaba a las ramas de uno de los limoneros. Luego él la peinaba a ella, a la que el cepillo hacía caer menos pelos pero más largos que los de su marido. También el viento se los llevaba, e igualmente los enganchaba a las ramas del mismo limonero. Conforme pasaron los años, el limonero más cercano al balconcillo de los Hilonegro parecía cubierto por una negra hiedra. Los vecinos se preguntaban por qué un limonero había crecido normal y el otro tan negro. Pasaron más años y el limonero en cuestión era una hermosísima bola negra. Ya nadie recordaba que aquello era un limonero. Ya consideraban que era otra especie rara que alguien había plantado allí. Cierto día en que María tejía una manta con los pelos que le sobraban, empezó una tormenta fuerte, de esas que provocan miedo, emoción o nostalgia. María salió rauda al balconcillo a destender unas bragas que había dejado secándose. En ese momento, le pareció que la bola negra la miraba como con amor y con miedo, ella interpretó que como pidiéndole refugio. Así pues, María alargó su mano para ayudar a entrar a la gran bola negra pero a pesar del esfuerzo de ambas, ésta era tan grande que no cupo. Una poderosa ráfaga de viento desenganchó bruscamente a la gran bola negra tanto del balcón como del limonero. Salió de allí entre volando y botando. A la Hilona le dio la sensación de que la gran bola negra le había hecho una mueca como de despedida. Le pareció normal, pues de alguna manera aquella bola negra era su hija. Del mismo modo que en las películas del viejo oeste americano, en las que, cuando los mejores pistoleros están a punto de enfrentarse en terrible duelo, aparece una extraña planta seca y amarillenta que vuela y bota sobre el suelo por detrás de la escena, así mismo bajaba nuestra querida bola por la Cuesta del Chapíz, contenta por ir a conocer mundo pero algo consternada y triste al cruzarse por allí con el que de algún modo era su padre y tener que despedirse de él tan velozmente a causa de la fuerza del viento. Llegó al Paseo de los Tristes y en cierto momento, la bola pegó un bote y quedó suspendida por unos segundos a la altura de la cabeza de un turista. A un vecino que pasaba por allí y vio la escena de refilón, le pareció que la moda esa de llevar los pelos a lo afro de algunos extranjeros se estaba volviendo exagerada. El susto lo sacó del error cuando comprobó que aquella bola gigante no era el peinado del turista sino que era una masa independiente que a punto estuvo de arrollarlo. Después observó como la bola negra se alejaba río abajo siguiendo el cauce del Darro e introduciéndose por debajo de Plaza Nueva. El último en verla aquí en Granada fue Jorge, el Perico, un rockero zaidinero que volvía a su barrio borracho y que cuando vio a la gran bola Negra desembocar del Darro en el Genil  y alejarse por éste último, creyó que alucinaba.

No quise decir en un principio ni tampoco diré ahora la dirección exacta en donde viven los Hilonegro, pues ya está a punto de nacer una hermanita de la Gran Bola Negra y quiero preservar su limonero de mirones y turistas. Además, lavarte la cabeza con agua que contenga disueltas un par de gotas de alguno de sus limones es buenísimo para el pelo. Sin ir más lejos, yo mismo con este método me estoy dejando unas melenas impresionantes y no me gustaría que demasiada gente extraña llegase a conocer  la ubicación exacta del limonero ni tampoco su poder reafirmante del cabello, pues se nos podrían acabar los limones.

 

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            Han pasado algunos meses desde que escribí esta historia y tengo dos noticias nuevas que contar:

La hermana de la primera Gran Bola Negra ya ha nacido del árbol. Ha sido esta vez acogida por la Hilona y el del Cierre antes de que se hiciese tan grande como su hermana mayor y vive feliz con ellos. La llaman la Hilonita. Dicen que pronto se emancipará para ir en busca de su hermana. En cuanto a la primera hija de José, de María y del limonero (árbol que en esta historia hace una función ciertamente similar a la del Espíritu Santo en aquella otra historia de otros famosos María y José) me cuenta la viajera Celia, recién llegada de la Patagonia, que la vio por allí pasando como con mucha prisa. Así que, recapitulando, es seguro que la Bola Negra fue del Darro al Genil, pues ello es lo que cuenta Jorge, el Perico, aunque no esté seguro de si era una alucinación o no. Pero el caso es que las fechas en las que la vio encajan perfectamente con otros testimonios. Si pasó del Darro al Genil podemos considerar una especie de lógica de río. Es, pues ciertamente plausible que recorriese la Vega de Granada, se adentrase en la provincia de Córdoba cruzando Puente Genil, más tarde Écija...después probablemente pasó por la misma desembocadura del Genil al Guadalquivir y conoció Sevilla (quién sabe si se quedó allí algún tiempo), desde Sanlúcar de Barrameda salió al océano Atlántico  y decidió cruzar el charco... Y así pues, las últimas noticias la sitúan por allá por Argentina, en la Patagonia y yendo con mucha prisa.

 

 

© Willi Gómez Oehler 2013                                                              willastro@hotmail.com